
martes, 6 de abril de 2010
Tiempo, momento y espacio

miércoles, 17 de febrero de 2010
El encuentro

martes, 9 de febrero de 2010
Merece la pena

Haciendo un recorrido por su trayectoria vital, ayer alguien susurró en los micrófonos de Onda Cero que merece la pena todo, incluso los errores. La frase me atrapó. Tal vez porque ilumina un escenario donde sobrevivimos sometidos a la tortura de un ejército de mezquinos que tratan de contagiarnos su frustración y su resentimiento. Y me doy cuenta de que es cierto, de que siempre merece la pena vivir. Merecen la pena los abrazos y las lágrimas, el deseo y el desamor, el dolor y la risa. Respirar. Todo merece la pena. Incluso equivocarse. Todo menos permanecer inmóvil. Y desde luego, merece la pena que alguien te lo susurre.
jueves, 4 de febrero de 2010
miércoles, 3 de febrero de 2010
Despedida

Las despedidas más tristes son las silenciosas. Aquellas en las que ni siquiera puedes mirarte a los ojos. Aquellas que tratan de aparentar un gesto cotidiano. Las despedidas más duras son aquellas en las que mientras el otro pasa por el umbral de la puerta, ya hay alguien descolgando de la pared los restos de su presencia.
martes, 2 de febrero de 2010
Estornudos de soledad

Si me arrimo a un solitario puedo empezar a acusar síntomas como la necesidad de reafirmar mi individualismo frente a los otros, puedo sentirme independiente. No necesitar que nadie me de el visto bueno a lo que pienso, lo que digo, lo que visto, lo que escribo.
Estar solo no es estar triste, aunque la palabra soledad, por error, siempre invita a evocar un melancólico retrato del alma. Estar solo no es tener miedo, ni tener frio. Supongo que la soledad no es más que un estado natural que muchos se empeñan en alterar empeñándose en depender de otros, incapaces de disfrutar de si mismos porque necesitan ser otro.
A mi me pegó la soledad Carlitos, un compañero de la clase de párvulos. Carlitos siempre estaba quieto, y callado, perdía su mirada en el vacío. "Carlitos es raro porque no juega, piensa", decíamos. Y nos parecía un niño aburridísimo. Un niño que no necesitaba compartir, que iba a todas partes acompañado por si mismo.
Supongo que seducida por tan extravagante comportamiento, acabé por querer ser Carlitos. A la hora del recreo me senté a su lado e imité su rostro inexpresivo, su mirada perdida y su quietud. Me aburrí enseguida y me marché a jugar con los demás.
Pero desde entonces, sin poder evitarlo, comencé a experimentar comportamientos inquietantes. Me quedaba mirando el vacío, con la mirada perdida en la nada. Me hacía preguntas en silencio y me tomaba tiempo para responderme. Empecé a valorar el silencio. Disfrutaba vagando entre las calles, sin rumbo. No necesitaba hablar por teléfono con tanta frecuencia. Incluso me asusté el día en que noté que había dejado de importarme la opinión de los demás.
Definitivamente, supe que estaba enfermo de soledad. Invadido por ese potente veneno contra los otros. Contra todos aquellos que no saben respirar sin que otro aliento les susurre lo que piensan y dicen.
Aprendí a disfrutar de mi mismo, sin la imperiosa necesidad del otro. Un hombre solo es dueño de sus deseos. Penélope también.
lunes, 5 de octubre de 2009
Lo nuestro
martes, 29 de septiembre de 2009
Atrapar el silencio

viernes, 25 de septiembre de 2009
Me subo a este avión de papel...

He vuelto a salir corriendo. No quiero volver a leer lo que he escrito. Demoro mi regreso a este cuaderno. Me ha visitado Manny. Estás al otro lado de este espejo. O has estado. Me seduce la idea de que podemos estar enganchados a la vez a este espacio en blanco que relleno a impulsos, cada vez con más anarquía o tal vez desasosiego. Que escribo para no atreverme a releer después. Me subo a este avión de papel. Abrazaré un gin-fizz con la punta de mis dedos, en el bar de nuestro hotel de Londres. Me rindo al azar. Pero a oscuras, sin más luz que el tacto de las palabras, atrapada por la intimidad de la oscuridad de mis párpados cerrados, la persiana que me separa de la mirada del otro.
miércoles, 2 de septiembre de 2009
Sueños
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