martes, 9 de octubre de 2007

Ausencia fugaz

Perdón por la ausencia, pero este fin de semana he vuelto a la vida canalla nocturna. Me ha gustado volver a ver a Juan. Si Marisane tomara prestada esta historia se marcaría uno de esos post literarios que Nuria y yo devoramos con más intensidad que las historias de Houllebecq y Paul Auster que compartimos. Pero soy Pe, no Marisane. Y relatar esta historia me llevaría otra vez a su inicio, en Bilbao, y dejaría aquí mucho de mi misma. Y no podría contarlo tan bien como ella. Supongo que nunca he sabido elegir. Pero si conservar. Algún día os lo explico siguiendo el consejo que me ha dado este fin de semana mi original hermana Pilar: "Utiliza palabras sencillas para no equivocarte".
No puedo dormirme sin visitar al escéptico y a Sert.

jueves, 4 de octubre de 2007

Lágrimas

Esta mañana la radio lloraba noticias. Y en una espontánea sintonía, el cielo se vistió de luto para recibir a Carlos Llamas. Amanecieron teñidos de gris el paisaje y los informativos. Una ligera cortina de nubes envolvía Santander y humedecía el rostro de quiénes madrugamos con una delgada lluvia de gotas de pena, en señal de duelo por un periodista y por un hombre extraordinariamente lúcido que nunca perdía la sonrisa.

Libros sin lectores y periódicos sin letras


Supongo que uno lee con ese afán de poder vivir otras vidas además de la propia, y poder saciar esa curiosidad que se presume innata en todos nosotros. Por eso me extraña que ahora leer no se considere placentero y se haya convertido en un ejercicio de difícil digestión. De hecho, socialmente está mejor visto cultivar el cuerpo que la mente, visitar gimnasios antes que bibliotecas.
En este contexto parece obligado aligerar la densidad de los periódicos, camuflar la realidad en titulares sensacionalistas, abusar de los colores y de las fotografias y gráficos. Hacer productos descafeinados, rápidos, ligeros de calorias reflexivas y ausentes de matices. Diseñados para no pensar. Si el periódico Público engancha a los jóvenes, me confieso mayor. Desde luego, tengo más edad que el código de barras que hoy cumple treinta años y, afortunadamente, me educaron para no sentir pánico ante las crónicas densas, los artículos de fondo y los libros sin fotos, que echo de menos en un periódico que trasmite cierto desprecio por la actualidad en detrimento de esa nueva sección inventada para dotar de menos gravedad a los periódicos y que se llama sociedad.
Ahora leer, como conducir con moderación o impedir el consumo de pezqueñines necesita estimularse a través de campañas publicitarias. Curiosa deriva para un pais donde hace menos de medio siglo los libros y los periódicos estaban sujetos a la obligada censura. España utiliza la fórmula 'Si tú lees, ellos leen', pero me parece mucho más delicada y sugerente la propuesta chilena, que va a repartir un maletin literario cargado con 49 obras a las familias con escasos recursos económicos.
Quizá sea demagógico, pero es mucho más bonito repartir una canastilla con 'Cien años de soledad' y 'El libro de las preguntas' de Pablo Neruda, que el cheque de tres mil euros que propone Zapatero. Mercantilismo frente a literatura. Puede parecer estúpido, pero la decisión de Bachelet tiene una carga simbólica extraordinaria y define el tipo de sociedad que desea construir. Chile reparte letras, no dinero.

miércoles, 3 de octubre de 2007

Universo paralelo

Tengo un jefe que antes de dar una rueda de prensa sueña que se fuga con Mónica Belluci. Una vecina con chandal, tacones y riñonera que nunca sale de casa sin pintarse los labios de rojo. Una amiga a dieta que se siente rechazada por el mundo. Una hermana adoptada que colecciona fotos de niños muertos. Un colega de profesión que corre las 24 horas de Le Mans en patines. Una antigua compañera de piso que utiliza la plancha para tostar los sandwiches. Un tipo que se presenta en mi casa por la noche para dibujar un blog. Una amiga que acaba de aterrizar en una boda en Manila. Un antenista cubano con una PDA de última generación que ha venido a arreglarme un cable. Una prima aprendiendo punto de cruz. Un vecino de buhardilla que me hace visitas por la ventana. Un quiosquero que sólo lee El Diario. Un Doctor House en versión vasca que me ha borrado de su agenda. Una pareja de amigos de luna de miel y una hermana que intercambia recetas de la termomix.
Yo intento pintar tulipanes en las paredes de mi casa.

lunes, 1 de octubre de 2007

Mi lista de rincones mágicos

Durante esta ausencia he pintado las paredes del Palomar para reconciliarme con un espacio que últimamente se me antojaba de paso. La decisión de colorear la buhardilla supongo que responde a un inconsciente ánimo de permanencia en Santander. Me he rendido a la comodidad de un invierno en esta ciudad donde la vida se consume a pequeñas dosis, donde ante la ausencia de novedades la anécdota se convierte en noticia, donde los detalles y el pedigrí importan. Es raro. Tengo la sensación de que me atrapa este ritmo vital flaco, pausado hasta el tedio.
Nunca he podido percibir como propia esta ciudad en la que nadie se compromete con nada, tal vez porque mi vida siempre ha sido más intensa fuera de esta geografía sosegada. No obstante, hay rincones, detalles de Santander que se cuentan entre mis favoritos, aunque sólo sea porque me recuerdan a otras ciudades.

Mi itinerario particular. Rincones mágicos. Sitios que me hacen sentir bien. Ver flotar peces. Dejar la mente en blanco sentada en las gradas frente al acuario, en el Museo Marítimo. Bernardo me enseñó a compartir en silencio la calma que trasmite el cimbreante ir y venir de los peces. También me gusta sentarme en el muro del espigón de Puertochico con las piernas colgando sobre la bahía. La Peña del Cuervo sobre las vías de tren, una poderosa escenografía de película de Ken Loach. La Maruca, porque es el anti-Sardinero, porque no es artificial y porque es ese Santander autóctono que permanece en un inmerecido segundo plano. Velada nocturna en uno de los bancos que miran al estanque de recinto de Las Llamas. Cierro los ojos y aparezco ahí, mirando a la noche, y a César. El imponente horizonte desde la terraza del bar del Faro.

Prometo mirar de manera diferente Santander en busca de más rincones mágicos que iluminen el invierno.

martes, 25 de septiembre de 2007

Pilar regresa con el otoño


Me doy cuenta de que es otoño porque ha llegado Pilar, esa hermana adoptada y adaptada que se ha convertido en la única responsabilidad que he asumido en la vida de forma voluntaria y sin resignación. Me gusta la vitalidad y la curiosidad que aplica a la vida. Esta especie de Heidi que bajó de las montañas de Resconorio con tres años ya aspira a diez y ha cambiado la vida rural por el MP3 y el material escolar de Ágatha Ruiz de la Prada.

El proceso de adaptación de Pilar a la vida urbana está lleno de anécdotas. Cuando aterrizó en Santander pronunció dos grandes frases: "¿Dónde están las vacas?" y "¿Por qué han tapado lo verde?" (referido al cemento). Después pidió dos cosas: una dentadura postiza y unas gafas de leer. Alguien le dijo que se le iban a caer los dientes y pensaba que bastaba con ponerse lentes para descifrar las letras sin haber pasado por la escuela.

Lo que más me llama la atención es su temprana vocación lectora de periódicos. Hace los sudokus de 'El pequeño país' y su sección preferida es la de esquelas. Todos los dias cuenta las que llevan foto y las que no. Su particular cofre del tesoro es una bolsa de plástico en la que guarda las fotos que recorta de las esquelas de niños e instantáneas de vacas, algunas incluso con Revilla. En junio hizo la Comunión, "por probar la galleta", justificó con indiferencia. También escribe poesía ayudándose de una peculiar lista de palabras que riman y que almacena anotadas en un cuaderno. El invierno pasado escribió lo que bautizó pomposamente como 'El libro de las enfermedades de la familia', allí aparece registrado el día en que mi primo Sergio se metió una alubia por la nariz y cuando a mamá le dió un 'alcólico' de riñón. Cada vez que alguien tose se pone en guardia con entusiasmo, por si empeora y puede abrir un nuevo registro.

El sábado fuimos juntas a comprar un móvil nuevo. La dependienta nos preguntó con qué prestaciones le queríamos. Que tenga tapa, dije yo. Que sea de colores, dijo Pilar. Nos llevamos un caramelito azul celeste. Pilar se ocupó de hacer el traspaso de tarjetas, copiar la agenda y explicarme cómo funciona. Por último, sentó a su jirafa de peluche en una silla, le atusó el pelaje y le sacó una foto que puso de salvapantallas. "Para que tengas una foto de mi cría", me espetó. Es la única niña que conozco que desde los tres años ya quiere ser madre y que juega a que tiene marido que, para más señas, se llama Miguel, es veterinario y trabaja en el zoo de Madrid.

lunes, 24 de septiembre de 2007

El escéptico que estrena diario


Últimamente tengo la sensación de que hago lo que me da la gana. Espero que no sea una ficción. Utilizo el si y el no con mayor vehemencia, siento más que pienso, dudo menos, me conduce el instinto y evito plantear consideraciones del tipo 'seguridad', 'comodidad' y 'conveniencia'. Lo relativizo todo. Y ahora casi todo puede ser indiferente. No tengo planes, ni esa pedantería que llaman proyecto de vida. Me asaltan pequeños caprichos, insignificantes afanes diarios, pulsiones vitales desprovistas de importancia que soy capaz de colmatar sin excesivo apuro.

También tengo la sensación de vivir en permanente tránsito. Desde que reventé el corsé de lo políticamente correcto y me liberé de la seguridad y del 'para toda la vida', estoy desconcertada. Exprimo emoción de las pequeñas cosas. Es todo raro. No se si es que ya no necesito tirarme en paracaidas o que floto de manera permanente sin tocar tierra firme. O que no digiero bien los bífidus.

Durante el último año y medio he vivido aceleradamente cobijada en hogares y espacios profesionales distintos en un extraordinario continuo y en improvisación constante. He aprendido mucho y mi agenda se ha multiplicado de forma extraordinaria. Pero de todos estos viajes quedan muchas experiencias, muchos teléfonos y un escogido número de personas que importan. Entre ellos, se cuenta un pretendido escéptico que inaugura un diario en el ciberespacio. Un cuaderno para la reflexión de quien dice de si mismo que morirá siendo aprendiz de escritor. Una de esas personas que llegan a tu agenda con vocación de permanencia que hoy estrena soporte para compartir palabras. Y espero que versos.
  • PD: Hoy sopla velas Lúxury UIMP. Tiene una sonrisa que nunca remite, aunque no haya 'rico' de postre. Cuando alguien necesite una profesional del márketing, la publicidad o las relaciones públicas que se pida a Lux.

domingo, 23 de septiembre de 2007

Pócimas, pestañas y artículos del Vogue

Las revistas de belleza sólo sirven para hacernos parecer más feos. Si lees Nacional Geographic acabarás por conocer las singularidades geográficas y antropológicas del mundo, si te da por el suplemento El Cultural estarás al día en las propuestas culturales y si compras Actualidad Económica tendrás una buena radiografía del sector empresarial del país. Incluso si te aficionas a los catálogos de propaganda como José Emilio, lector empedernido confeso y alérgico a las tertulias radiofónicas, aprendes las utilidades de los productos de nueva generación o las bondades del Mister Proper.
Pero las revistas femeninas producen un misterioso efecto inverso: Cuanto más lees, menos sabes. Los potitos faciales y los bálsamos antiestrías surgen por doquier y las técnicas de belleza, tendencias y hasta las prendas de ropa cada vez adoptan nombres, texturas y pócimas más extravagantes.
Hubo un tiempo en que fui adicta al Vogue y vivía obsesionada por las tendencias, las gamas cromáticas, las máscaras de pestañas y el estilo del tacón de mis zapatos.
Apreciaba la diferencia entre un iluminador y unos polvos compactos, utilizaba el eye-liner con precisión y distinguía la huella de Joseph Font en las prendas de Zara. Después de un año comprando la Biblia de la moda, repentinamente me dio por abrir un libro de Paul Auster y ya nunca más regresé al Vogue.
Me quité un peso de encima. Ocurren tantas cosas en la vida que he pensado que ya no me compensa pasar más tiempo contemplando todas esas mujeres que nunca seré.
Pero partiendo de esta premisa, siempre he tenido una duda insondable: ¿Por qué en las portadas de las revistas de hombres siempre salen mujeres y en las de mujeres… también mujeres?
Los editores se han quejado de que las revistas masculinas tienen demasiado sexo y mujeres. Las de las mujeres, también tienen mujeres… y recetas de cocina, cuidado del hogar y consejos para que no se resfríen los gatos y para convivir con hijos hiperactivos y maridos que roncan.

viernes, 21 de septiembre de 2007

El cartero ya no llama dos veces


Abro más a menudo el microondas que el buzón del correo, porque las letras ya no viajan en papel. Ahora son diminutas señales que en lugar de transitar entre Santander y Lisboa sofocadas en el interior de una saca y mecidas al vaivén de una locomotora, se convierten en impulsos invisibles que se elevan más allá del cielo o que rebotan por esos bosques de alambre que escenifican el paisaje futurista que ahora se define como imprescindible para poder comunicarnos.
Las cartas son diminutas señales que ya no se trazan a tinta, sino a tecla, y que no viajan en una sola dirección, sino en varias, porque tienen la capacidad de multiplicarse convertidas en mensajes plurales capaces de alcanzar al ordenador o al teléfono de tantos nombres como queramos.
Ahora llamamos comunicar a lo que antes era decirnos cosas. Ahora las palabras vuelan, no viajan. Las letras no se envuelven en cálidos sobres que se van curtiendo en el trayecto y que llegan a las manos del destinatario con huellas y olores ajenos. Las frases son cada vez menos íntimas, las reflexiones más ligeras y las palabras más comunes.
Ya nadie espera al cartero. Los buzones son almacenes tristes, secos, en los que sólo reposan facturas, comunicaciones bancarias y propaganda. Cobertizos de spam. Cajones de promociones.
Bilbao parece la prehistoria. Allí, hace más de una década, vivía sin teléfono ni televisor. Años de cartas y telegramas. Las esperas, las ausencias y la distancia desprendían emociones cautivadoras. Las respuestas no venían del cielo, ni llegaban tan rápido como los sms. El tiempo transcurría más despacio.

Echo de menos las letras en papel, el tenue rumor del lápiz sobre un cuaderno nuevo, el sabor de los sellos, el olor de las cartas. Que me sorprenda el remite.

jueves, 20 de septiembre de 2007

Neoparadigmas protesta


Si hasta ahora no creía demasiado en la utilidad de los sindicatos, después de comprobar como han evolucionado las artes de la reivindicación salarial me confieso espeluznada y estremecida ante tanto progreso en la escenificación mediática de conflictos laborales.
Las huelgas convencionales y los piquetes quedaron desterrados después del éxito de Full Monty y, a raíz de entonces, todo el mundo comenzó a bajarse los pantalones como símbolo de protesta. Que quiero aumento de sueldo, enseño el culo. Siguieron esta moda policías locales, guardias de seguridad, bomberos, deportistas, barrenderos y hasta un equipo de maduritas británicas con el plumcake ya revenido que cambiaron el te de las cinco por una instantánea en pelotas del grupo, bajo la peregrina excusa de recaudar fondos para impartir cursillos de macramé a féminas descarriadas. La fiebre del topless trasero arrasaba en el mundo ante la mirada atónita de sesudos analistas de la contemporaneidad y estudiosos sociólogos masterizados en Harvard que, a estas alturas, aún no han enunciado ninguna teoría ni aportado una explicación razonable a este singular fenómeno de nudismo-protesta.
Para toda una generación, el culo se elevó a la categoría de icono reivindicativo y sustituyó al soporte clásico de la pancarta. La fiebre de retratarse en bolas perduró hasta que nos hicimos inmunes a tanto culo sin cobertor. Las bajadas de pantalones dejaron de causar efecto coincidiendo con el inicio de Gran Hermano y otro realitys semejantes donde, entre otras banalidades arrasaba el edredonig, que aunque no está catalogado como vehículo de protesta, contribuyó a hacer decaer el interés por los culos al aire.
Conscientes de ello, hay quiénes ya se han puesto manos a la obra para encontrar fórmulas alternativas y eficaces de protesta. En Italia, por ejemplo, han hecho dieta por un día. Por un día sin pasta, para protestar por el incremento de precios en la alimentación. El ayuno reivindicativo ha tenido un éxito sin precedentes: la mitad de la población no comió macarrones, en un país en el que nunca tantos han estado de acuerdo ni para votar una opción política en las urnas. Pero el hito de la innovación lo han protagonizado los trabajadores italianos, también, de IBM que para protestar por los recortes salariales han hecho una huelga en Second Life. Bienvenidos, señores, a la primera virtual de la historia. Claro que original y eficaz son dos conceptos distintos. Avatares del destino… y de la ciberrealidad.

Mi mascota pepe el pez

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