
Estoy fascinada por la historia de esa pareja de serbios que, sin saberlo, se enamoraron con otras identidades a través de internet y, cuando decidieron conocerse, descubrieron que ya llevaban casados varios años y que no se soportaban. En cuanto se deshizo el hechizo, decidieron divorciarse.
Me parece una decisión inteligente. La vida pasa demasiado rápido para desperdiciarla en intentar recomponer relaciones rotas -en este caso, probablemente confundiendo consuelo con amor- sólo por el temor a empezar de nuevo, que nos empuja a refugiarnos en lo conocido negándonos la posibilidad de vivir exprimiendo la máxima potencia sentimental.
Todo ese amor ciego, que brotó de la relación epistolar que mantuvieron, desapareció al descubrir que eran ellos mismos representando otros papeles. Esto me hace plantearme la capacidad de seducción que uno tiene en delantal. Es decir, al parecer pueden amarse en otro entorno, pero no en la rutina de su matrimonio. La vida doméstica en común es destructiva. Yo también me enamoraría de alguien a través de las palabras, sin roce ni convivencia. Supongo que resulta idílico y fácil engancharse a alguien que no desciende al plano de la realidad, alguien que nunca pregunta qué comemos hoy o a quién le toca limpiar el baño.
Luego, uno cambia de escenario, se pone las zapatillas y empiezan a asomar las manías. Algunas personas que únicamente mantienen un compromiso por compasión o falta de valor, corren el peligro de que esta rutina se altere a la menor convulsión sentimental. Tal vez por eso, esta pareja entró en individual ejercicio de efervescencia emocional, que confundió con amor, cuando cada uno por su lado creyeron encontrar a otro que les escuchaba y que no formaba parte del decorado doméstico.
La decepción rompió la magia cuando, al identificarse, ambos vieron al otro en zapatillas. Y decidieron no darse otra oportunidad. La chocante experiencia les ha hecho saber lo que no quieren y les ha dado el valor necesario para intentar vivir otra vida por separado.
Particularmente, siempre he encontrado menos dificultad en el fin que en el principio. Siendo duro, es más fácil afrontar el adiós porque vuelves a vivir con esa incógnita de no saber qué te espera a la vuelta de la esquina. Con esa arrolladora sensación de permanente efervescencia.

Ayer me tropecé con Lourdes. No nos habíamos visto desde la muerte de Mar. En realidad, no había tomado contacto con ninguno de quienes la frecuentamos. Recuerdo perfectamente mi primer día de prácticas. Mar entró en la redacción con esa presencia suya, tan femenina, a la que nadie podía ser indiferente. Nunca vi fumar con tanto estilo, más allá de la pantalla del cine. Vestía -aún puedo dibujarle- un traje de falda estrecha a la rodilla con la chaqueta entallada y zapatos de tacón. Llevaba lápiz de labios rojos y el pelo recogido en un moño descuidado, que le daba un aire afrancesado enormemente seductor. Se conducía por la redacción con entusiasmo, defendía los temas con coraje y trabajaba con rigor las informaciones.




