miércoles, 31 de octubre de 2007

Espero visita


Hoy me ha invitado a comer Jesús Pindado en la siempre agradable compañía de Raúl Gómez Samperio, el hombre que siempre me retrata la sonrisa y el escote. Pindado, con esa impecable factura británica que le distingue, nos había convocado para debatir acerca de la memoria histórica pero la sobremesa en Frysia (que en el tránsito de propiedad perdió la P, igual que el acrónimo de Zapatero), la conversacion ha transitado por otras realidades y, al postre, hemos convenido que a partir de ahora sólo aspiramos a disfrutar con nuestros trabajos. A que nos sorprenda la risa. No me atrevo a escribir más sobre el maestro del artículo por si se ve forzado a corregirme. Le he invitado a conocer este blog y estoy tan impaciente por escuchar su veredicto, como quien plancha los visillos y dispone jarrones de flores y ceniceros de plata por el salón de su casa para que todo esté en orden cuando llamen al timbre las visitas. Aquí no puedo esconder las palabras debajo de la alfombra.

martes, 30 de octubre de 2007

Palabras para mi cuaderno nuevo


Ayer me regalaron un cuaderno. Es de color plata y puedo cerrarlo con una cinta elástica, para que no se escapen las palabras que guardarán sus páginas blancas de gramaje recio. Lo puse a mi lado mientras trabajaba, y no pude dejar de acariciarle en toda la mañana.
Tiene algo mágico, porque aunque no tiene espiral cualquiera de sus páginas permanece cómodamente abierta con la mayor facilidad. Me señala Escéptico que es de tecnología sueca, pero yo prefiero abrazarme al imposible de que, por si solo, se abre a su dueño para ser escrito.
Siempre me ha fascinado el papel. Empecé a escribir historias para agotar lo antes posible los cuadernos a golpe de letras y conseguir que me regalasen nuevos ejemplares.
Aquí, a mi lado, reposa mi nuevo cuaderno. He querido estrenarlo pero no me salían las palabras. Quería poner algo bonito, notable, con la suficiente entidad como para justificar el principio de un ejemplar tan especial. El principio es la mitad de todo. Pero ayer me visitó Víctor, y me distrajo. Mis hojas de plata quedaron a la espera de un mejor momento para la inspiración. Después, alguien llamó por teléfono, vestí de invierno el armario, aliñé mis recortes de periódicos y recuperé el inhalador de una caja escondida porque empecé a respirar con fatiga, en pequeños sorbos con silbidos prolongados.
Esta mañana también salí de casa acompañada por mi cuaderno de plata. Mientras esperaba el café del desayuno volví a estudiar el tacto, el olor y la textura de mi nueva propiedad. Aparté la banda elástica con un roce suave, abrí las tapas y, muda de sorpresa, leí en la primera página: “Para escribir silencios”, trazado por el lápiz de Penélope y con una letra que me pertenece. No recuerdo en qué momento de mi confusa tarde de ayer lo escribí. Tengo un cuaderno que habla.

lunes, 29 de octubre de 2007

Pase sin llamar

En una viñeta, el padre de Mafalda dice: “Es extraño; me agaché a recoger un libro y al levantarme me dio una punzada en la cintura. No voy a pensar que estoy viejo, me habrá afectado una corriente de aire. Seguramente alguien dejó una puerta abierta y sin darme cuenta... entraron treinta y siete años”.

Anoche, yo también dejé abiertas las páginas de este diario esperando una visita que presumía que no iba a llamar a la puerta. El tipo llegó y se tomó tiempo suficiente para indagar en mis palabras. Las sometió a un interrogatorio feroz y desordenó aquellas que no formaron las frases que hubiera deseado descubrir. Supongo que le obedecieron menos letras de las que esperaba y con ellas armó un ejército de artillería dialéctica que aplicó a la crítica que recibo en mi cuaderno. Escribe con un lápiz mucho más afilado que el de Penélope, pero considerando que el tipo exhibe un sentido crítico que raya lo enfermizo –y que me incomoda reconocer que me irrita- ha rozado el almíbar en algunas de sus expresiones.

En cualquier caso, Víctor, tu visita no me ha sido indiferente; aunque me sonroja la percepción que tienes de mí a través de ese análisis que desnuda hasta mis silencios, hasta las palabras que no escribo. Y en cuanto a la ausencia de polémica en mi cuaderno, no ignoras mi preferencia por el examen oral. La verdad es que durante muchos años he vivido de prestar mis palabras a otros. Ahora simplemente quiero salpicar este cuaderno con las mías.
Ni yo soy Elvira Lindo, ni tú eres Paco Umbral. Decíamos ayer. Tampoco nos hace falta.

domingo, 28 de octubre de 2007

Mi lugar en el mundo


Dicen que nunca se debe tratar de volver al lugar donde se ha sido feliz. Lo raro es cuando sin quererlo, el lugar vuelve a ti. Leza ha vuelto a mí. Ese rincón mágico del corazón de la Rioja alavesa donde sólo crecían viñas y en el que aprendí a oler y a acariciar vinos. Hoy me ha dicho Mariola que, de forma insólita, ha llegado hasta allí una entrevista a la que respondi en un periódico local y en la que citaba a Leza. Me cuenta que ha circulado por todo el pueblo, y que les ha hecho ilusión.

El pueblo sigue ahí. Al parecer, aparece señalado en más mapas desde que sus vecinos de Elciego se colocaron en el presente internacional, gracias a la bodega que diseñó Frank Gehry para Marqués de Riscal. Además, tiene un censo que ya supera con ligereza el centenar de habitantes. Las noticias que me llegan de Leza me han provocado la tentación de volver a asomarme a este balcón vitícola que me evoca sensaciones contradictorias. Fueron muchas fiestas de San Martín, muchos fines de semana, muchas risas y muchos abrazos.

Y la nieve. Una vez, un invierno, la vida se detuvo y todo se quedó en calma mientras una lluvia silenciosa, suave y persistente de copos de nieve nos aisló de la facultad y de Bilbao durante una semana. Que sepas, Iñigo, que nunca más me ha envuelto una sensación de calidez semejante. Es la única vez en la vida que he creído haber encontrado mi lugar en el mundo.

Y no quiero volver por si me atrapa definitivamente.

viernes, 26 de octubre de 2007

La maleta de recuerdos


Estoy atrapada por la historia de Zlata Filipovic, la Ana Frank de Sarajevo, autora de un diario que recoge el testimonio en primera persona de una niña de doce años del dolor, la muerte, el hambre y la tragedia que padeció. El relato de esta mirada infantil sobre la realidad bélica, permitió que Zlata y su familia pudieran abandonar el trágico escenario que habitaban.
Hoy cuenta en El País la angustia que le provocó tener que decidir qué guardaba en la maleta ante la premura de su huida. Se llevó los libros, la colección de bolígrafos de colores y gomas de borrar y un osito de peluche. Sus padres, la colección de fotos familiares.
¿Qué se lleva uno puesto cuando sale huyendo?
En una ocasión, alarmados ante la repentina y misteriosa aparición de una grieta de considerables dimensiones, los expertos decretaron un desalojo preventivo del edificio que habito. Entré en casa decidida a recuperar algunas pertenencias y poner a salvo ¿lo más importante?, ¿lo más valioso?, ¿lo más útil?
Me detuve aturdida en medio del salón tratando de discernir cual de todo aquel material privado que me pertenece era realmente irremplazable en mi vida. Sólo se me ocurrió salvar una foto y un libro, porque sus páginas huelen a mi fugaz pretérito en común con Ángel. Es una selección indecisa, incompleta, irracional, inconsciente.
Sin pretenderlo, uno otorga preferencia al valor sentimental por encima del material. Y se inclina por conservar lo que no se vende en las tiendas.
Ojalá Zlata, como todos nosotros, pudiera haber dejado atrás el dolor con la misma facilidad que abandonó los calcetines, los juguetes y las horquillas de pelo en Sarajevo. Ojalá en ciertas ocasiones pudiéramos viajar más ligeros de equipaje. Todavía.

jueves, 25 de octubre de 2007

Ausente


Hoy ya no es 24 de octubre. Ya puedo dejar de mirar insistentemente el teléfono para ver si llega una respuesta a mi llamada. Hoy ya no es el cumpleaños de Alex. Desde esta mañana he hecho todo lo posible por mantenerme ocupada. He ido al cine, a una cita en la radio y de confidencias y cañas. Pero se me han escapado unos minutos del día después, suficientes para recordar.

martes, 23 de octubre de 2007

Deconstruir poltergeist a carcajadas


Estoy al borde del delirio. No me cabe más información. Y, para colmo, sigo sin cuaderno. Hoy tengo uno de esos días en los que el tránsito por el centro de la ciudad se convierte en un bucle enemigo del que no puedes librarte y los encuentros se van sucediendo en una agitada continuidad que me ha obligado, en este espeso azar, a mantener una sucesión de inyecciones de cafeína al ritmo de diferentes confesiones. Para estos días difíciles, echo de menos una capa de invisibilidad como la de Harry Potter para eludir tropiezos.


Tanta sobreinformación ha estado a punto de hacerme estallar, sobre todo ahora que me lo quedo todo dentro, desde que pasé al otro lado de la trinchera. Echo de menos mi bloc perdido, porque era el contenedor metafórico de mis pensamientos. Como los pensaderos de Harry Potter, una especie de taper en donde vuelcan los hilos grises de memoria para liberar espacio en el disco duro. El mundo mágico está mejor diseñado.


Me quejo de tanto cotilleo, pero no hay nada tan parecido a un orgasmo como un buen scoop. Un chivatazo de esos que le queman a uno en la lengua y que irremediablemente alivia poniendo en circulación el preciado chisme a la mayor brevedad.

Precisamente eso comentábamos esta tarde frente al enésimo café del día cuando a mi amiga le llamó su novio. Le despachó con una celeridad que no admitía réplica: "ya te llamo yo luego".

Después, se volvió hacia mi y con un desparpajo que desconocía en ella, espetó: "Este hombre no se da cuenta de que yo vivo a otro ritmo".


Nos quedamos bloqueadas por un instante. Yo, por la rotundidad de una frase que no forma parte del acervo gramatical ni emocional de mi amiga. Y, ella, muda de sorpresa ante el juicio que acababa de salir de su boca. Dios mio, parecemos una caricatura del lujo urbano de Sexo en Nueva York, pero en el decadente escenario del Paseo Pereda.


Pero, para frases, la que Ramón le enchufó a su novia cuando ésta quiso abandonarle: "No creo que tengas queja de mi, ni como amante, ni como persona, ni como hombre que trabaja. Sal ahora mismo de mi coche y de mi vida". Quedé anonadada ante tan exacerbado ataque de dignidad (y exceso). "Nunca he visto asumir un plantón con tanto aplomo", apostillé en mitad de la calle San Francisco. Con el remango que trató a su menganita, Ramón es un poco Escarlata con la tierra roja de Tara.


Después, mi amiga y yo hemos llamado a Lux. Necesitamos deconstruir esta realidad tan ridícula con una sesión de carcajadas. El viernes nos concentramos para analizar éstos y otros poltergeist urbanos frente a un gin fizz.

lunes, 22 de octubre de 2007

Se me esfuman las palabras


He perdido mi cuaderno de cosas. Es amarillo, con un tulipán verde y naranja en la tapa. Con él se han esfumado las anotaciones apresuradas de sensaciones, descubrimientos y anécdotas de los últimos tiempos. No se si entristecerme por la pérdida porque, últimamente, se había convertido en una carga de memoria adicional que tenía el impulso de repasar de manera cada vez más asidua. Y lo peor es que eso suponía someter mis reflexiones a una revisión constante que me inducía, de manera inconsciente, a distraer mi atención del presente.

Empecé a escribirlo en la UIMP, cuando mi vida comenzó a tomar una velocidad de vértigo y está lleno de anotaciones estúpidas prácticamente cifradas ante miradas ajenas.

En realidad, me gusta la idea de que pensamientos estúpidos cómo que" si gano más, gasto más y creo que tampoco eso me hace más feliz" (lo escribimos Cuco y yo cenando con mi primer sueldo de señorita mayor y responsable), circulen por ahí y que mi cuaderno de cosas haya caido en manos de cualquiera que aplique a su vida este manual sin pies ni cabeza que recoge, entre otras imprudencias, "creo que nunca podré ser ni anoréxica ni depresiva" (reflexión realizada en una entrevista de trabajo a la pregunta de ¿cómo te definirías? No me dieron el puesto, pero me felicitaron por mi entusiasmo), "a veces me gustaría tener la cabeza solo para llevar el pelo" (lamento desesperado tras notificarme que tenía que escribir un discurso paquete), "no me importa cumplir años porque me he comprometido a volver a fumar cuando cumpla los sesenta y cinco" o "no siento ningún respeto por la gente con chandal".

Además de este manual de primeros auxilios, también he perdido toda referencia a mi macedonia sentimental de la que, en forma de español urgente, aportaba información sustancial.

Sobresalto y casualidad. Mi cuaderno ha desaparecido de mi bolsillo ahora que escribo con el lápiz de Penélope. Se me esfuman las palabras.

sábado, 20 de octubre de 2007

Arquitectura emocional

El Guggenheim cumple diez años depurando la belleza dramática de un Bilbao que cambió el acero de Sestao por el titanio de diseño. Ayer decía El País que ha sido tal la potencia con la que el soberbio edificio de Gehry ha operado sobre la ciudad, que le ha cambiado radicalmente el alma.
Me gustan estas palabras porque definen con una acertada metáfora el efecto Guggenheim. Es cierto. Más allá de la arquitectura de autor, el gigante de titanio recuperó el orgullo de los habitantes de una ciudad que se colocó de golpe en el mapa internacional. Ha sido el antídoto contra la tristeza.

Recuerdo que durante los primeros días de estreno del museo, Alex y yo nos cruzamos en la plaza elípitica a un chino con una cámara de fotos colgada al cuello. Cruzamos una mirada de incredulidad. En Bilbao no había turistas, sino supervivientes. Hasta que Puppy trajo la primavera a una ciudad en la que siempre amanecía el invierno.

Quiero que Santander experimente una cirugía urbana de semejante calado emocional. Que se sacuda el pretérito, que se reinvente, que se arriesgue, que se deje seducir por un estímulo artificial potente que ambicione algo más que un cambio de baldosas o un pirulí comercial. Un fenómeno que cambie el corazón de Santander. Como el Guggen cambió el alma de Bilbao.

viernes, 19 de octubre de 2007

Macedonia sentimental


Hay quien ha venido al mundo para amar a una sola persona y, consecuentemente, no es probable que tropiece con ella. El mundo es demasiado grande como para confiar en que sólo haya una media naranja cuyos gajos encajen exclusivamente con cada uno de nosotros. Los amantes bipolares serbios son la excepción: ¿estarán condenados a exprimirse mutuamente su zumo durante toda su existencia?


A veces alguien consigue vivir una perturbadora historia de amor sin fecha de caducidad. Hasta tal punto que ha quedado cientificamente probado que se puede morir de amor. Después de doce años de investigación Roberto De Vogli, epidemiólogo del University College de Londres, ha llegado a esta conclusión que ya avanzaron los románticos.


Fascinada como estoy por estas conclusiones y por el amor bipolar, he quedado con la otra Olga para hablar de hombres. Nos hemos sumergido en esa especie de bucle melancólico tan femenino que nos lleva, una vez más y con renovado entusiasmo, a repasar nuestras respectivas biografìas sentimentales. Hemos llegado a la conclusión de que he tenido tres medias naranjas y algunas mandarinas. No desvelo los zumos que se ha tomado la otra Olga, por si me llega un toque de atención de la Alcaldía. Me gustaría tener el desparpajo de Marisane para hablar de mi macedonia sentimental.

Mi mascota pepe el pez

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