jueves, 29 de noviembre de 2007

Menuda payasada


Hoy he caído en la cuenta de que Rody es hijo de Fofó y hermano de Fofito. Pero no puedo entender por qué consagra su vida a hacer el payaso cuando carece del talento más elemental para arrancar la risa en la pista del circo. Yo pensaba que Rody era el típico primo segundo que empieza por sacar brillo a las narices postizas y acaba... ahí. Supongo que los payasos de la tele esperaban que Milikito, Rody y los Gabitos tomaran el testigo de su éxito. Pero no hubo segunda generación. Con esta maldita vocación que tengo me ha dado por indagar y resulta que Fofito empina el codo y ha ido al plató de Salsa Rosa para poner a caldo a Miliki y a Milikito. Se me han roto todos los mitos. Recuerdo perfectamente cómo llorábamos todas las niñas de clase el día en que murió Fofó. Después se fue Félix Rodríguez de la Fuente que, decían, era ‘el amigo de los niños’ aunque mi 'El hombre y la tierra' siempre me pareció un paquete. Y falleció Chanquete, que fue un drama nacional. Como nos quedamos sin referentes infantiles, los de mi generación fuimos torturados por Torrebruno que, por el hecho de ser pequeño e italiano se creía con derecho a castigarnos con melodías estúpidas, cuando preferíamos bailar al ritmo de Rafaella Carra. Ahora doy gracias a que Fofó murió joven, sin traicionarnos, como ha hecho Fofito. Corren tiempos de vivir en la televisión y acaso Fofó, de seguir vivo, podría ser ahora el payaso de compañía de Marujita Díaz.

miércoles, 28 de noviembre de 2007

La última función


Uno tiene la familia que le toca, no la que elige y, en su saber, la naturaleza salpica a los impresentables de forma aleatoria en cada una de ellas, para que en las cenas de Navidad, bodas y entierros todos puedan renegar de su correspondiente bufón. Cuando no toca en el sorteo, se adhiere por vía política. Todo el mundo tiene un tío con una excesiva querencia al alcohol, una cuñada envidiosa y frustrada fanática de las imitaciones de saldos y mercadillos, una tía abuela de esas que huelen a naftalina con tendencia al monólogo, un tipo hipocondríaco, una histérica y algún ridículo con pretensiones de doctor que va por la vida haciendo diagnósticos y recetas. De forma que los impresentables, en toda su gama, no son precisamente una especie en peligro de extinción. Uno esquiva como puede esta fauna e inventa excusas para no desperdiciar domingos en fastidiosas convocatorias familiares. Lo malo es que aparecen siempre que el patriarca de turno empieza a ver pasar los títulos de crédito de su vida y en cuestión de vida o muerte, hasta que llega el cartel de fin, se convierten en protagonistas y no ahorran esfuerzo dramático alguno para reparar de un plumazo la indiferencia acumulada en el pasado. Las plañideras se colocan a los pies de las camas de las abuelas que no han visitado en siete años, le toman la mano con fingido afecto y se interesan por su temperatura. El resto nos apartamos para que ocupen la primera fila en el funeral y les aguantamos los clines. Mientras, ellos hacen intensos esfuerzos por retorcer su rostro en un puchero con apariencia lastimera hasta conseguir que resbale alguna lágrima por sus mejillas en un patético espectáculo de dramática hilaridad. La función no acaba hasta que se baja el telón y en el teatro, como en la vida, cuando uno llega tarde, no puede pretender interrumpir la escena para sentarse en primera fila.

martes, 27 de noviembre de 2007

La sonrisa empedernida


Yo soy de esas personas que sonríen cuando hablan por teléfono. Pero lo que no sabía es que también sonrío ¡mientras escribo mensajes de correo electrónico! Lo he advertido hoy, cuando he sentido la necesidad de relajar el rostro después de haber escrito una carta muy larga con la sonrisa puesta, como si estuviese posando para el Hola. Supongo que sonreír es un hábito inconsciente para la mayoría de los seres humanos, excluyendo el porcentaje universal de mister Scrunch por metro cuadrado. Pilar, por ejemplo, siente lástima de los peces porque dice que no pueden sonreír con esas bocas tan tristes que les dibujan. La verdad es que soporto algunos desajustes más extravagantes que sonreír al ciberespacio. Por ejemplo, no puedo llamar por teléfono a los tipos clasificados en el apartado ‘interesantes’ de mi agenda sin haberme pintado los labios y sin llevar puestos los zapatos, aunque esté en pijama en medio del salón de mi casa. Creo que soy incapaz de sentirme segura en zapatillas al otro lado del móvil. Esto que me pasa son cosas anormales, que ahora –para derretir la potencia del término- se llaman singulares. Si van a más, entran en la dimensión cuarto milenio. Prefiero pensar que no es patológico y que hay algo de filantrópico en esta pertinaz inclinación hacia las sonrisas sin destinatario.

lunes, 26 de noviembre de 2007

Metamorfosis esperpéntica

No me gusta enturbiar esta hoja de ruta tan personal con apreciaciones políticas de tercera regional pero no puedo sustraerme a ‘deconstruir’, al decir del fogoso de los fogones, el lifting ideológico al que se ha sometido el Partido Popular. En el colmo del absurdo más delirante, los de la gaviota del Santemar se han declarado regionalistas, legítimos herederos de la doctrina del PRC en esta Cantabria sometida al azote, la destrucción y el ridículo de las hordas revillistas. Esta virulenta metamorfosis se adereza además con una buena dosis de jarabe rojo para la redistribución de la riqueza, concepto que sus militantes tendrán que digerir con antihistamínicos, por la alergia que les ha producido históricamente el término. Porque ahora el PP, tiemblen las mechas rubias y los cocodrilos, ya lo es todo: azul, rojo y verde, un llamativo arcoiris –de un momento a otro Nacho Diego se declara gay- fruto de una patológica transmutación sin complejos que les ha hecho incluso abrazar la política de las albarcas sin debate previo y, lo que es peor, sin anestesia. Mira tú por donde no se ha roto España, ni la familia, ni Navarra; pero, tanto ir el cántaro a la fuente, se le han roto los principios al pastor que anuncia al lobo. Y en el colmo del esperpento, con esta pérdida de dignidad, ya estamos clasificados en el primer puesto del ránking del absurdo, por delante de los rombos de Barrio Sésamo. Me río yo de Kafka.

viernes, 23 de noviembre de 2007

Los dos rombos de Barrio Sésamo

Dos rombos. Cuando aparecían al comienzo de los créditos de la película de esa noche, significaba el camino sin retorno hacia los sueños. Invariablemente, mi hermana comenzaba a bailar delante del televisor en un esfuerzo inútil por ocultar los símbolos de la prohibición a la vista de los mayores. Entonces todos los españoles veíamos la televisión única, a lo más, el UHF, que era de raros. No había tele por la mañana, ni de madrugada. Yo crecí con Fofó y Barrio Sésamo. Inconscientemente compartí toda mi niñez con Epi y Blas anhelando ver cintas de dos rombos, ajena a la perversión moral a la que me estaban sometiendo estas marionetas. Hoy he leído que en Estados Unidos tienen dos rombos. Los episodios de Barrio Sésamo son sólo para adultos. He estado expuesta a un peligro tóxico y espero que alguien me indemnice por los desarreglos emocionales que me ha generado. Gracias a que he visionado tantos episodios, no concibo pecado en la posible relación gay entre Epi y Blas, ni soy tan estrecha como para no invitar a un desconocido a comer leche con galletas en mi casa, ni sustituyo las galletas por zanahorias para no engordar, tampoco me preocupa que alguien me pida que le pase el jabón cuando se está duchando. Pero tampoco sé cuantas avemarías rezar para purgar tanto pecado romboidal que, al parecer, desaconseja su consumo a menores. Ahora que lo pienso, qué raro, si hasta los Simpsom, South Park y George Bush están desclasificados.

jueves, 22 de noviembre de 2007

Las páginas escogidas


Hacía tiempo que no me regalaba una tarde para mí y me he tomado libre la de hoy, aunque haya sido por obligados motivos de salud. Como la afección es leve, he podido dedicarme a uno de mis placeres favoritos, que es releer fragmentos. Es por la costumbre de señalar con marcapáginas los párrafos o las frases que más me gustan de los libros y, así, hay días en que tomo uno tras otro y voy abriendo con calculado azar mis páginas preferidas, y disfruto de un peculiar puzzle literario haciendo repaso de esas pequeñas fracciones escogidas.
La mayoría de los ejemplares de mi modesta biblioteca tienen su propia historia. Porque, antes, siempre nos regalábamos libros. Tal vez porque uno expresa lo que siente por el otro en el título que elige. Y tú recibes el libro y devoras las páginas tratando de descifrar claves, mensajes escondidos, deleitándote en la lectura de palabras que ya han sido recorridas por la mirada del otro. Los libros además son contenedores de detalles y palabras que almacenan recuerdos y olores. Guardianes de señales propias y ajenas. Los pétalos de las flores que me regaló Héctor duermen entre las páginas de mis libros de Paul Auster. Los otros, guardan caligrafías sentimentales, cartas, rastros de besos, arrugas de caricias pretéritas. Evocan ausencias, distancias. Por eso me gusta hurgar en su geografía emocional, que es la mía.

miércoles, 21 de noviembre de 2007

El espacio mágico

Alguien ha escrito unas palabras en mi diario que me han hecho reflexionar. Lo que hace especial un momento es la compañía, y no el paisaje. El decorado cambia y no me inmuto. El rojo del vestido no tiñe el luto de las entrañas. Los recuerdos poderosos, los espacios mágicos, aquellos cautivadores minutos, un tiempo fascinante. Siempre hay alguien que me acompaña en escenas donde no importan los botines de charol de color chocolate. En la soledad no hay momentos especiales, sólo otros barnices como tristeza, sosiego o armonía. Existe una marca de carmín en el borde de una copa transparente (tomo prestada tu frase) porque me pinto los labios y me pinto los labios porque hay alguien enfrente, al otro lado del vaso con las piedras de hielo, al otro lado del espejo. Lo que construye momentos especiales es la compañía. Qué absurdo suena a veces el placer de la soledad. Para estar vivo no basta con respirar. Necesito esos momentos de quedarme sin aliento.

martes, 20 de noviembre de 2007

Labios pintados de rojo que dejan huella en la copa de gintonic

Estoy inmersa en un proceso de desdramatización. He ido de compras. Porque siempre compro en los momentos tristes. Me miro los pies constantemente porque tengo unos botines nuevos color chocolate. De charol. Me he pintado los labios de rojo y he leído que el 47,6 por ciento de los cántabros reconoce haber sido infiel a su pareja. Y pienso que si el resto no lo ha sido, únicamente es porque no habrán tenido oportunidad. Hacía mucho que Alfonso, Eduardo y yo no quedábamos. Me han citado en La Cachava, para tomar unas copas antes de cenar. Tienen hábitos curiosos. Casi rituales. He disfrutado mucho de nuestro pequeño conciliábulo de gintonics. Tal vez porque la conversación se sucede sin guión ni pretensión alguna. Si Alfonso fuera rico se cambiaría de sexo por la provocación de llamarse María. Eduardo dice que en este país aunque te pillen con el cuchillo en la mano es difícil ir a la cárcel. Un trío especial. No coincidimos en edad, ni en gustos, ni en profesión. Después de compartir copas durante más de cuatro años, apenas sabemos nada de la vida particular del otro. Vistos desde fuera somos raros. Apenas recuerdo cómo nos conocimos. Me parece que nos ató la casualidad en una rueda de prensa. Y que, desde entonces, nos hemos dejado llevar por una relación peculiar que espontáneamente nos une en convocatorias aleatorias. Citas extravagantes y caóticas, sin argumento. Citas en las que nadie cae en la cuenta de que hoy te has pintado los labios de rojo y llevas botines nuevos. De repente doy en pensar que si Alex y yo nos hubiésemos conocido en párvulos, el habría sido Toby, y yo, la pequeña Lulú. Es un ridículo desorden de identidad que me hace reir.

lunes, 19 de noviembre de 2007

Al otro lado del espejo


He decidido volver a Bilbao. El sábado. Cien días después. El tiempo que he necesitado para aceptar que a partir de ahora la ciudad será un escenario compartido. Supongo que no tengo porqué renunciar a una memoria que nos pertenece a los dos. Pero presiento que este retorno absurdo al lugar de donde nunca me fui me obligará a reconocer otra ciudad bajo la misma mirada. Temo adivinar el pasado en todos los rincones. Que los lugares que frecuentamos se vuelvan tristes. Volver a sentir frío donde habita el olvido. Aparecerá reflejado en todos los escaparates, esperaré tropezármelo a la vuelta de cada esquina, volveré la cabeza a cada poco, porque me parecerá reconocerlo de continuo entre la gente. En algún lugar sonará un bolero. Pasará. Y volveré al Bilbao que compartimos. Al otro lado del espejo.
Rosa repara en lo que llama mi identidad cromática y se preocupa cuando mi armario se tiñe de negro. Bea intuye desde Londres mi estado de ánimo en las frases que escribo. Y otros descifran mis silencios. Pero prefiero permanecer invisible para Alex. No quiero preguntarle cómo se encuentra. Porque se qué me responderá muy bien.

martes, 13 de noviembre de 2007

Los que abrazan gatos

Como dice Mafalda, en este mundo hay cada vez más gente y menos personas. Tal vez por eso vivo rodeada de conocidos que abrazan gatos. Sertorio (ver su blog) se fue hace dos días de fiesta con su señor Smith y todavía no ha dado señales de vida. Gema habla de sus dos hijas. En la nevera de mi vecina Soco hay más latas de Cat Show que danones. Víctor me hablaba el otro día de sus tres gatos sin nombre, que tuvo que bautizar de urgencia para rellenar la ficha de la clínica veterinaria. Sólo me acuerdo de Sinver (güenza). Sonia también tenía una preciosa gata blanca hasta que le dio por suicidarse desde la ventana de un décimo piso de Txurdinaga.
Últimamente los gatos ocupan gran parte de mis conversaciones. Suena el teléfono y una amiga me anuncia: “Tengo a mi gata ingresada”. Me cuenta que esta mañana, mientras los médicos reparaban el corazón de su padre, su gata entró en un grave estado de shock que presagiaba un final trágico inminente. Salió rápidamente del hospital y llevó a la pobre Boli –en la ficha médica, pero coloquialmente conocida como la gatuca pequeña- al veterinario. Le han tenido que sedar, poner suero y está ingresada, como el padre. El diagnóstico ha sido intoxicación por ingesta de veneno de caracoles.
Boli es hija de Bruja y tiene otra hermana “que vive en Barcelona como una reina, en una casa muy buena y en compañía de un snaucer”, me explica, y otros dos hermanos machos, uno que no está fichado que se llama MacGiver y Colín, que nació muy flaco y con medio rabo y que se robusteció gracias a un complemento alimenticio que le recetó el veterinario.
Lo peor fue el pronóstico funesto del primer parte médico de Boli, “el doctor dijo que podían quedarle secuelas”, sigue al otro lado de la línea telefónica. Me imagino a la pobre gatuca paralítica y a mi amiga reclamando a Zapatero una ley de dependencia animal para poder hacer frente a semejante drama doméstico.
“Después de estos gatos no quiero tener más, que lo paso muy mal cuando se mueren”, sentencia”. "No se, –respondo- es como tener miedo a coger cariño a una persona por temor a perderla”. Mientras pronuncio estas palabras me doy cuenta de que yo misma, de forma inconsciente, albergo ese miedo. Pero no te puedes prohibir querer. Sería como dejar de sentir. Y entonces ya no estaríamos vivos.

Mi mascota pepe el pez

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