
Hoy he caído en la cuenta de que Rody es hijo de Fofó y hermano de Fofito. Pero no puedo entender por qué consagra su vida a hacer el payaso cuando carece del talento más elemental para arrancar la risa en la pista del circo. Yo pensaba que Rody era el típico primo segundo que empieza por sacar brillo a las narices postizas y acaba... ahí. Supongo que los payasos de la tele esperaban que Milikito, Rody y los Gabitos tomaran el testigo de su éxito. Pero no hubo segunda generación. Con esta maldita vocación que tengo me ha dado por indagar y resulta que Fofito empina el codo y ha ido al plató de Salsa Rosa para poner a caldo a Miliki y a Milikito. Se me han roto todos los mitos. Recuerdo perfectamente cómo llorábamos todas las niñas de clase el día en que murió Fofó. Después se fue Félix Rodríguez de la Fuente que, decían, era ‘el amigo de los niños’ aunque mi 'El hombre y la tierra' siempre me pareció un paquete. Y falleció Chanquete, que fue un drama nacional. Como nos quedamos sin referentes infantiles, los de mi generación fuimos torturados por Torrebruno que, por el hecho de ser pequeño e italiano se creía con derecho a castigarnos con melodías estúpidas, cuando preferíamos bailar al ritmo de Rafaella Carra. Ahora doy gracias a que Fofó murió joven, sin traicionarnos, como ha hecho Fofito. Corren tiempos de vivir en la televisión y acaso Fofó, de seguir vivo, podría ser ahora el payaso de compañía de Marujita Díaz.




Estoy inmersa en un proceso de desdramatización. He ido de compras. Porque siempre compro en los momentos tristes. Me miro los pies constantemente porque tengo unos botines nuevos color chocolate. De charol. Me he pintado los labios de rojo y he leído que el 47,6 por ciento de los cántabros reconoce haber sido infiel a su pareja. Y pienso que si el resto no lo ha sido, únicamente es porque no habrán tenido oportunidad. Hacía mucho que Alfonso, Eduardo y yo no quedábamos. Me han citado en La Cachava, para tomar unas copas antes de cenar. Tienen hábitos curiosos. Casi rituales. He disfrutado mucho de nuestro pequeño conciliábulo de gintonics. Tal vez porque la conversación se sucede sin guión ni pretensión alguna. Si Alfonso fuera rico se cambiaría de sexo por la provocación de llamarse María. Eduardo dice que en este país aunque te pillen con el cuchillo en la mano es difícil ir a la cárcel. Un trío especial. No coincidimos en edad, ni en gustos, ni en profesión. Después de compartir copas durante más de cuatro años, apenas sabemos nada de la vida particular del otro. Vistos desde fuera somos raros. Apenas recuerdo cómo nos conocimos. Me parece que nos ató la casualidad en una rueda de prensa. Y que, desde entonces, nos hemos dejado llevar por una relación peculiar que espontáneamente nos une en convocatorias aleatorias. Citas extravagantes y caóticas, sin argumento. Citas en las que nadie cae en la cuenta de que hoy te has pintado los labios de rojo y llevas botines nuevos. De repente doy en pensar que si Alex y yo nos hubiésemos conocido en párvulos, el habría sido Toby, y yo, la pequeña Lulú. Es un ridículo desorden de identidad que me hace reir.

